Por Angélica Valencia González/colaboración
Hoy en Ozumba no solo se respira el aire frío que baja de los volcanes; también se siente el peso de la incertidumbre. Las calles que antes eran punto de encuentro y saludo entre vecinos, hoy son escenario de preocupación. La delincuencia ha crecido y con ella el miedo. Las cifras podrán decir muchas cosas, pero lo que verdaderamente duele son los nombres, los rostros y las familias que lloran por un ser querido que no volvió a casa o que permanece desaparecido.
¿Qué está pasando en nuestro municipio?
La pregunta retumba en cada colonia, en cada comunidad, en cada comercio que cierra más temprano por precaución. No se trata solo de estadísticas; se trata de historias interrumpidas. De madres que no duermen, de padres que buscan respuestas, de hijos que preguntan por qué.
La percepción de inseguridad se ha instalado como una sombra permanente. Robos, desapariciones y hechos violentos han dejado de ser rumores aislados para convertirse en conversaciones diarias. Y cuando el miedo se vuelve costumbre, el tejido social comienza a desgastarse.
Pero también es momento de reflexionar con responsabilidad. La seguridad no es tarea exclusiva de una institución; es un compromiso compartido. Las autoridades deben actuar con firmeza, estrategia y transparencia. La ciudadanía, por su parte, necesita confiar, denunciar y participar. Sin coordinación, no hay resultados.
Hoy Ozumba exige respuestas claras. Exige prevención real, presencia policial efectiva y acciones contundentes. Exige que las familias puedan volver a caminar tranquilas, que los jóvenes tengan oportunidades y que la comunidad recupere la paz que siempre la caracterizó.
No podemos normalizar el dolor ni acostumbrarnos a la ausencia. La seguridad no es un privilegio, es un derecho.
La pregunta sigue en el aire: ¿qué pasa con Ozumba?
Y más importante aún: ¿qué vamos a hacer para recuperarlo?
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