jueves, noviembre 21, 2019

Cuenta historia personal y profesional como chelista y formador de muchas generaciones de jóvenes dedicados a la música.

La historia de la música, de los logros sociales a través de los instrumentos, la transformación de vidas con las notas musicales es parte de una labor constante de personas apasionadas cuyo objetivo es engrandecer los espíritus por medio del arte.

Así comienza la historia del Doctor Laszlo Frater Hartig, músico nacido en Budapest, Hungría, hace 71 años, y quien desde pequeño supo que su vida estaría consagrada a la música, primero por la dinastía de profesionales chelistas de la que descendía y, después, porque descubrió en el violonchelo una compañía inseparable.

“Yo provengo de una familia tanto de padre como de mi madre de músicos. Dentro de la familia más amplia había cuatro chelistas, violonchelistas, mi tío materno Tibor Hartig fue mi primer maestro, él era un reconocido violonchelista y maestro en la afamada academia Franz Liszt, de Budapest”.

Con la energía que lo caracteriza, Laszlo, de voz fuerte e inigualable acento húngaro, recuerda que “desde niño estaba rodeado de la música, muy en particular del violonchelo, que tocaba mi tío, mi tía Ana Hartig y una sobrina mía; ellos ya se me adelantaron, yo soy el último chelista de Frater Hartig con vida”.

Corrían los años de la revolución que, durante tres días realizó el ejército comunista ruso sobre Hungría, cuando la familia de músicos Frater Hartig, se vio obligada a huir de su hogar.

“El tercer día tuvimos la oportunidad de huir al Occidente por la única frontera que todavía estaba abierta donde pudimos escapar, fue Yugoslavia, al sur, donde realmente era muy traumático en media noche en aguacero, lloviendo, llegando a la frontera, yo cargando el chelo, no tuve obviamente el chelo con un estuche duro como hoy, sino de tela y cargando me caí varias veces, una de ellas me caí y rompí el chelo en pedazos, pero yo lo seguía cargándolo”.

Ante estas vicisitudes y con el espíritu de salvar la vida y con ella su instrumento, Laszlo comparte que durante muchos años vivió esa pesadilla que le dejaron las armas y fue en la música que encontró refugio y paz.

En la forzada huida, su chelo, fiel compañero de vida, quedó destrozado, por lo que Laszlo lo trató como tal, dándole digna sepultura.

“Para muchos niños, al romper su instrumento bajo tales circunstancias hubiera sido el fin de su promisoria carrera de tocar el chelo, para mí era el renacimiento de mi amor para este instrumento, al día siguiente yo le pedí a mis papás que hiciéramos un entierro formal para mi chelo”.

Así, la familia que buscaba un hogar, se trasladó de Yugoslavia a Alemania Federal, cerca de Frankfurt. Allí fue admitido, a muy temprana edad, en el Conservatorio de Música y, tocaba tan bien el chelo que, con 12 años, fue inscrito al Concurso Europeo de Juventudes Musicales, del cual, por supuesto fue el indiscutible ganador.

Gracias a este premio y a su talento, Laszlo Frater tuvo la posibilidad de estudiar durante un año con el personaje más sublime del violonchelo del siglo XX, Pablo Cassals, quien era ya un señor grande y vivía en Prades, al sur de Francia.

“Yo como niño, aprovechando esta increíble oportunidad de estudiar con este hombre más distinguido, tuve que viajar solo de Frankfurt, quincenalmente para una clase con el maestro Cassals, que era la vivencia de mi vida”.

Continuó sus estudios hasta culminar una maestría en el Conservatorio de Frankfurt y posteriormente fue invitado por el maestro Janos Starker, gran chelista del siglo XX, para asistir a la afamadísima escuela de música de Indiana, University School of Music. Llegó como estudiante, luego asistente personal y finalmente fue profesor asistente.

“Paralelo a mis estudios de posgrado, yo viajé mucho para dar conciertos en diferentes partes de Sudamérica desde Argentina para arriba. Un día, mi maestro en un invierno se enfermó tuvo problemas con pulmón, neumonía, entonces, como yo tocaba el mismo repertorio que él y había un concierto programado en México, me dijo: vas a venir a suplirme. Me enamoré en estos días de las montañas, de las mares, de las bellezas geográficas de México”.

El año de 1976 fue que Laszlo regresó a México, después de haber terminado sus estudios y formó parte de la Orquesta Sinfónica del Estado de México (OSEM), como primer violonchelista.

En 1988, Miguel de la Madrid le otorgó la Condecoración del Águila Azteca como fruto de su desempeño y contribución a difundir el arte musical en México.

Además, fue nombrado asesor cultural de gobernadores, particularmente con Mario Ramón Beteta e Ignacio Pichardo Pagaza, este último quien se encargó de crear un grupo de intelectuales para fundar la Escuela de Música de primer nivel y poder atender el extraordinario talento con que cuenta la juventud mexicana.

Dando continuidad a su labor como músico y sintiendo el deber de buscar el derecho a la profesionalización de las y los mexiquenses en la música, fundó, en 1991, impulsado por el Gobierno del Estado de México, el Conservatorio de Música de la entidad, institución que dirige desde entonces.

Al inicio contó con 110 alumnos, 12 maestros y 10 administrativos: Hoy son 850 alumnos y 120 maestros, de sus filas han egresado especialistas que han ganado concursos internacionales, ellos han llegado muy alto y son la razón que catapulta al COMEM en la vanguardia de la educación musical en México y el gran orgullo del trabajo y dedicación de Laszlo.

“Aprovecho toda la experiencia que Dios me permitió como músico en los más distinguidos conservatorios del mundo, europeos, americanos, canadienses, y con esta idea de aplicar lo mejor que yo sé, y lo mejor que yo he recibido pagarle todo mi afecto y cariño que he recibido de México”, finalizó.

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