El último adiós a Doña Conchita y sus sabores de otro tiempo.
Por Luz del Alba BELASKO
Tras el templo de San Caralampio, donde las plegarias se mezclan con el aroma de las velas, se alza una casa de tejas gastadas y paredes que guardaban secretos. Es el santuario de los sabores antiguos, el reino de Doña Conchita Pérez de Penagos, mujer de risa ancha y manos sabias que tejía milagros en ollas de barro, peroles y recipientes de peltre.
Algunos tienen historias fantásticas yo simplemente la de una comensal, llegue recomendada por mi amigo Julio buscando los mejores Chiles baldados , ahí en el letrero de madera junto al portón era un verso suspendido en el tiempo: «Hoy: Lengua en pebre, puchero, chimol o baldado de cueza. De postre, patzitos de manjar o chimbos en caldo». No había chiles rellenos, pero aquel menú era un canto a la memoria, un mapa de raíces que los comitecos llevaban tatuado en el alma.
Las dos en punto. La puerta crujió como un susurro de infancia, abriéndose a un zaguán de ladrillos desgastados, macetas florecidas y un banco azul, testigo silencioso de historias que llegaban con hambre de nostalgia. El humo danzaba en la cocina, envolviendo a mujeres de mandiles inmaculados que movían cucharas como varitas mágicas. Allí, entre sartenes negras y leña crepitante, los trastes de peltre brillaban como lunas recibiendo guisos que olían a tierra, a fogón, a tiempo detenido.
La fila era un río de gente con ollas vacías que se llenaban de poesía. Al fondo, Doña Conchita reinaba entre portaviandas, anotando números en una libreta ajada y sonriendo como si cada cliente fuera un verso de su canción favorita.
En las paredes, los calendarios viejos y entre el café que olían a canela y a secretos compartidos. Dentro, las tazas humeantes dibujaban espirales en el aire, mientras su conversacion se volvían lentas, íntimas, como si el frío hubiese derretido las prisas entre la mirada serena de su San Caralampio que custodiaban aquel ritual: y de la que ella cada año haces novenarios, recaudaba limosnas para la fiesta del santo, entre sus recetas que eran oraciones compartidas.
Hoy, el humo se apagó. La casa junto al templo guarda silencio, y el banco azul ya no espera a nadie. Doña Conchita parte, llevándose entre sus manos el secreto de los chiles que nunca escribieron su nombre, pero dejando en el aire un eco de caldos que curaron ausencias, de postres que endulzaron duelos.
Que San Caralampio, con su lámpara de fe, ilumine el camino de esta guardiana de los sabores. Que la tierra le sea leve, como el chimol fresco en agosto. Y que los comitecos, al pasar frente al portón cerrado, recuerden que hubo un tiempo en que el cielo olía a hierbabuena, a leña encendida y a manos que cocinaban con el alma.
*Descansa, Doña Conchita.su recuerdo seguirá escrito en los paladares de los pileños.
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