Ha pasado un año.
Pero para una madre que perdió a su hija, el tiempo no se mide en meses ni en días. Se mide en abrazos que ya no llegaron, en llamadas que dejaron de sonar y en noches preguntándose:
“¿Por qué mi hija?”
Hace un año, Itzel Díaz González salió de casa sin saber que no volvería.
Y seguramente su mamá, Tulia González, tampoco imaginó que alguno de aquellos abrazos sería de los últimos.
Porque una madre nunca sabe cuándo está abrazando a su hija por última vez.
Quizá por eso duele tanto.
Hoy, la silla de Itzel está vacía.
Sus cosas siguen ahí.
Sus sobrinas todavía preguntan por su tía y su hermano intenta mantenerse fuerte mientras llora su ausencia en silencio.
Pero hay una ausencia todavía más difícil de explicar:
la de una mamá esperando a una hija que sabe que ya no regresará.
Un año después, la familia sigue esperando justicia en el proceso contra José N., señalado por la muerte de Itzel.
Pero incluso si llega una sentencia, habrá algo que ninguna justicia podrá devolver:
a Itzel entrando nuevamente por la puerta de su casa.
No habrá condena capaz de recuperar sus cumpleaños.
Ni los abrazos que quedaron pendientes.
Ni todos aquellos años que todavía tenía derecho a vivir.
Hoy hace un año que Itzel se fue.
Y mientras para el mundo fueron 365 días, para su mamá fueron 365 mañanas despertando sin su hija y 365 noches deseando volver a abrazarla.
Tal vez Tulia daría cualquier cosa por escuchar una vez más una frase tan sencilla como:
“Mamá, ya llegué.”
Pero la puerta permanece cerrada.
La silla permanece vacía.
Y su familia continúa aprendiendo a vivir alrededor de un espacio que nadie podrá llenar.
Porque existen personas que se van…
pero dejan su ausencia sentada para siempre a la mesa.
Itzel:
hace un año que no vuelves a casa.
Pero no ha pasado un solo día en que tu familia haya dejado de esperarte en el corazón.
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