Estos ecosistemas ayudan a proteger las costas, reducir el riesgo de inundaciones, almacenar carbono y preservar la biodiversidad.
Los manglares se consolidan como una infraestructura natural frente a los efectos del cambio climático. Sus complejos sistemas de raíces capturan sedimentos y permiten que la línea de costa se eleve gradualmente, ayudando a enfrentar el aumento del nivel del mar.
De acuerdo con información del Programa de las Naciones Unidas para el Medio Ambiente (PNUMA), los manglares pueden reducir cada año el riesgo de inundaciones para al menos 15 millones de personas y evitar pérdidas potenciales por más de 6 mil 500 millones de dólares.
A diferencia de los diques artificiales, estos ecosistemas pueden crecer y regenerarse cuando las condiciones ambientales son adecuadas. Sin embargo, su recuperación después de sufrir daños puede tomar entre 15 y 30 años, por lo que la conservación de los manglares existentes resulta fundamental.
Los manglares también desempeñan un papel importante en el almacenamiento de carbono y son esenciales para más de mil 500 especies. No obstante, el cambio climático, el desarrollo costero y la acuicultura continúan ejerciendo presión sobre estos ecosistemas.
El caso de Abu Dabi muestra que su importancia no se limita a las regiones húmedas. Incluso en un entorno desértico, los manglares contribuyen a mejorar la calidad del agua, ofrecer hábitats para especies marinas, almacenar carbono y generar oportunidades de ecoturismo.
Además, proyectos de protección y restauración en países como Kenia han comenzado a vincular la conservación de manglares con mecanismos de financiación climática y beneficios para comunidades locales.
Así, los manglares son considerados una “infraestructura viva” capaz de brindar protección costera y, al mismo tiempo, sostener la biodiversidad, la pesca, el turismo y el almacenamiento de carbono.
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