Buques comerciales quedan atrapados en zonas de conflicto, mientras sus tripulaciones enfrentan ataques, piratería y amenazas cada vez mayores.
El transporte marítimo internacional enfrenta una convergencia sin precedentes de crisis de seguridad debido a la coincidencia de conflictos armados, ataques con drones, piratería y tensiones geopolíticas en distintas regiones estratégicas.
De acuerdo con Damien Chevalier, director de la División de Seguridad Marítima de la Organización Marítima Internacional (OMI), cuatro regiones concentran actualmente algunos de los mayores riesgos para la navegación: el estrecho de Ormuz, el mar Rojo, las aguas frente a Somalia y el mar Negro.
La situación representa una amenaza creciente para miles de embarcaciones y marinos que, pese a no formar parte de los conflictos, terminan expuestos a sus consecuencias.
El estrecho de Ormuz se ha convertido en uno de los principales focos de preocupación para el sector naviero. Al inicio del conflicto, alrededor de 2 mil buques y 20 mil marinos se vieron afectados, una dimensión considerada sin precedentes.
La importancia de esta vía marítima trasciende al sector naviero. Por el estrecho circula aproximadamente 20% del petróleo mundial, por lo que cualquier interrupción puede tener repercusiones sobre los precios de los combustibles, la inflación y el costo de vida a nivel internacional.
El impacto también alcanza a las cadenas de suministro, debido a que las empresas navieras deben evaluar rutas alternativas y reforzar las medidas de protección para sus embarcaciones y tripulaciones.
A esta situación se suman los ataques de los hutíes contra embarcaciones en el mar Rojo, que han obligado a las compañías navieras a modificar rutas y adoptar mayores medidas de seguridad.
Mientras los recursos navales se concentran en las amenazas del mar Rojo y el estrecho de Ormuz, la piratería frente a las costas de Somalia ha vuelto a cobrar fuerza.
Los piratas han aprovechado la reducción de vigilancia para operar principalmente contra buques graneleros pequeños, cuyas características pueden hacerlos más vulnerables.
Uno de los principales riesgos es que los marinos sean retenidos como rehenes, lo que ha llevado a reforzar los esfuerzos internacionales para combatir la piratería.
Somalia trabaja además en una nueva legislación contra este delito que podría atender una de las principales dificultades actuales: la falta de un marco jurídico adecuado para procesar a los piratas capturados.
En el mar Negro, la situación representa una crisis independiente de las registradas en Ormuz y el mar Rojo, aunque sus consecuencias para la navegación también son graves.
Las partes involucradas en el conflicto han recurrido a drones para atacar petroleros y buques graneleros, mientras que la desinformación dificulta determinar con precisión el número de ataques y sus consecuencias.
Aunque no existen cifras definitivas, la OMI considera extremadamente preocupante el número de embarcaciones afectadas y las víctimas mortales o heridas entre las tripulaciones.
Uno de los efectos más visibles se registra en los puertos ucranianos dedicados a la exportación de cereales. Durante la temporada de cosecha, actualmente reciben uno o dos buques al día, frente a los 20 o 30 que normalmente se esperarían.
Para la OMI, existe un patrón común detrás de las distintas crisis: la navegación comercial se ha convertido en un instrumento deliberado de presión geopolítica.
Petroleros, graneleros y otras embarcaciones quedan expuestos a ataques relacionados con disputas entre Estados y conflictos armados que no tienen relación directa con la actividad de los barcos ni con las banderas que portan.
Los marinos son quienes reciben primero el impacto de esta situación.
A los riesgos derivados de los ataques se suma la presencia de buques de menor calidad, así como problemas relacionados con registros fraudulentos y el registro irregular de embarcaciones, asuntos que la OMI busca atender.
Las consecuencias de esta inestabilidad marítima pueden extenderse mucho más allá de las zonas de conflicto.
El estrecho de Ormuz transporta aproximadamente 20% del petróleo mundial, mientras que Ormuz y el mar Negro son importantes para el transporte de fertilizantes, y este último también tiene un papel relevante en las exportaciones de cereales.
Por ello, las interrupciones en estas rutas podrían afectar directamente la seguridad alimentaria mundial, especialmente en los países que dependen de las importaciones.
El impacto completo podría hacerse más evidente durante el próximo año, particularmente en los países en desarrollo, que cuentan con menos recursos para hacer frente a interrupciones prolongadas en el suministro.
Las naciones con mayores recursos pueden recurrir temporalmente a sus reservas estratégicas, pero esta medida funciona únicamente como un amortiguador de corto plazo.
Una vez agotadas las reservas, podría producirse una segunda oleada de afectaciones.
A ello se suma el incremento de los costos del transporte marítimo, debido al desvío de rutas, las medidas adicionales de seguridad y la reducción de la oferta, factores que pueden trasladarse a los precios de productos y servicios.
La creciente inseguridad también amenaza el futuro de la industria marítima.
Ser marino se ha convertido en una profesión realmente peligrosa, mientras que los trabajadores enfrentan largos periodos alejados de sus familias y limitaciones de conectividad durante sus viajes.
Los marinos tampoco están necesariamente preparados para enfrentar amenazas derivadas de conflictos armados, ataques con drones y otras situaciones vinculadas con crisis geopolíticas.
Esta realidad podría dificultar todavía más la incorporación de nuevas generaciones al sector, particularmente entre jóvenes que ya consideran como desventajas las largas ausencias de sus familias y amigos.
La OMI advierte que las consecuencias de una posible escasez de trabajadores marítimos podrían hacerse visibles en cinco o diez años, cuando podría ser demasiado tarde para responder con rapidez.
Esto se debe al tiempo necesario para reclutar, formar y capacitar a nuevos marinos.
La inseguridad marítima no solo representa una amenaza para las personas y el comercio.
Cualquier buque atacado puede convertirse en un riesgo para el medio ambiente, particularmente cuando se trata de embarcaciones que transportan petróleo u otras sustancias potencialmente contaminantes.
Un ataque que provoque daños estructurales o el hundimiento de un buque podría generar derrames y afectar ecosistemas marinos, además de complicar las operaciones de navegación y rescate.
Frente a este panorama, la Organización Marítima Internacional considera que la respuesta no debe centrarse únicamente en incrementar el armamento de las embarcaciones.
La solución, plantea, requiere fortalecer la diplomacia, el respeto al derecho internacional humanitario y el compromiso constructivo a través de la Organización de las Naciones Unidas.
También advierte que normalizar las amenazas contra la navegación podría generar una escalada de medidas de seguridad y armamento a bordo de los buques, lo que a su vez podría llevar a los actores involucrados a desarrollar armas más pequeñas y difíciles de detectar.
Por ello, la OMI insiste en que la diplomacia debe mantenerse como una de las principales vías para recuperar la seguridad de las rutas marítimas internacionales y evitar que los buques y sus tripulaciones continúen siendo utilizados como instrumentos de presión en conflictos ajenos.
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